CIRCUNSTANCIAS GENERALES FAVORABLES A LA MEMORIA
La primera de estas circunstancias es el estado físico del individuo. Ya hemos tenido ocasión de hablar de esto a propósito de la fisiología, y también en nuestras observaciones sobre la facultad de discernir. El estado físico comprende la salud general, el vigor y la actividad del organismo en el momento de ejercerse la facultad, agregándole, como condición indispensable, que una porción suficiente de la alimentación, en vez de consagrarse exclusivamente a activar las funciones físicas, se dirija hacia el cerebro.En interés de la actividad intelectual es necesario que el sistema muscular, el sistema digestivo y, en una palabra, todas las partes del organismo, se ejerzan en la medida que da al organismo entero su máximum de fuerza general, sin rebasar nunca los límites de esta medida. Todavía iríamos más largo si se tratase de los placeres del cuerpo, pero esto no es de lo que nos ocupamos. Un hombre debe, pues, ejercer sus músculos, alimentarse bien, dar a la digestión el tiempo de cumplir su tarea, y, por último, tomarse el reposo necesario, -todo por asegurar al entendimiento la mayor suma de fuerza posible, sobre todo si se trata del difícil trabajo de la educación.- El estado actual de nuestros conocimientos fisiológicos y medicales nos permite hasta indicar, para un caso dado, las proporciones razonables de cada uno de estos elementos. Todo parece indicar que, bajo el punto de vista puramente físico, la producción de impresiones en el cerebro, aunque no sea jamás suspendida, está muy lejos de ser siempre igual. Todos sabemos que, en ciertos momentos, somos incapaces de recibir impresiones durables, mientras que en otros, nuestra sensibilidad se encuentra extremadamente exaltada. Esta diferencia no puede llevarse entera a la más grande energía intelectual; puede suceder que una considerable reserva de fuerza se destine a otros actos del entendimiento, como, por ejemplo, al cumplimiento de simples actos de rutina, y que no quede más que muy poco para retener nuevas impresiones; estamos en estado de leer, de conversar, de escribir, y de prestar atención a los ejercicios; podemos dejarnos llevar de nuestras emociones y seguir una ocupación dada, sin estar en estado de agregar nada a los hechos que posee nuestra memoria, o de adquirir nuevos conocimientos. Hasta las acciones en que tomamos parte, se olvidan al poco tiempo. ¿Qué hay, pues, de notable en la alimentación física de la propiedad plástica del cerebro? ¿En qué momentos esta propiedad está en la plenitud de su acción? ¿Cuáles son las cosas que la alimentan y la conservan de una manera especial? Por más que este punto no se haya estudiado todavía suficientemente, los hechos ya conocidos parecen autorizarnos a afirmar que la función plástica o retentiva es la ENERGÍA MÁS ELEVADA DEL CEREBRO, el colmo de la actividad nerviosa. Para arraigar una tendencia nueva, para poner una impresión en estado de bastarse a sí misma, y de reproducirse a voluntad, suponemos, con fundamento, que es necesario consumir más fuerza nerviosa que para toda otra especie de ejercicio intelectual. Los momentos propicios a la acumulación de los conocimientos por la memoria, a la formación de las costumbres y de nuevas adquisiciones son, pues, los del máximun de fuerza en reserva. Se necesita además un conjunto de circunstancias favorables en la manifestación más considerable de la energía cerebral, y entre otras, la actividad completa del organismo, unida a la ausencia de toda causa que pudiera rápidamente poner obstáculos. Para probar lo que dejamos manifestado, nos serviremos del género de trabajo intelectual que parece ocupar el segundo lugar, relativamente a la energía cerebral que exige. El ejercicio de la facultad de raciocinar -la resolución de problemas nuevos, la aplicación de una regla a casos nuevos, el trabajo intelectual de las profesiones serias como, por ejemplo, la de derecho-, exige un esfuerzo de entendimiento considerable, y su facilidad depende del vigor del cerebro en el momento de dedicarse a él. Sin embargo, los trabajos de este género exigen menos fuerza que el trabajo de la memoria; podemos dedicarnos a ellos en los momentos en que nuestra memoria rehúse recibir impresiones nuevas y durables. En la vejez, en una edad en que no estamos ya en estado de adquirir conocimientos nuevos, podemos dedicarnos todavía, con éxito, a un trabajo de raciocinio; podemos estudiar cuestiones nuevas, inventar nuevos argumentos y nuevas pruebas, y también determinar lo que es necesario hacer en tal o cuál caso que no se había aun presentado. La facultad de combinación presenta todos los grados, desde el vuelo más atrevido de la invención y de la imaginación, hasta el punto en que no se trata más que de repetir a la letra un texto ya conocido. Cuando un orador compone un discurso nuevo, ejercita más o menos la facultad de combinar; pero si recita oraciones y fórmulas, si lee un pasaje,esto ya no es más que una reminiscencia. Esta última forma de energía intelectual es la que exige menos esfuerzos; es posible hasta cuando el vigor cerebral esta en su grado mínimo. Cuando la facultad de adquirir no puede ejercitarse, la de combinar puede aun obrar; cuando la inteligencia no tiene ya fuerza para apartarse, por poco que sea, de la rutina ordinaria, la reminiscencia literal es todavía posible. Otro trabajo intelectual al que podemos dedicarnos cuando tenemos gastada la facultad de adquirir por la memoria, es el de las averiguaciones y el de las notas. Para hacer averiguaciones y para tomar notas, se necesita cierto esfuerzo de atención que es imposible si el flujo nervioso no está bien desarrollado, pero sí, después que la energía cerebral se haya reanimado. Cuando el literato u hombre de ciencia no puede ya enteramente fiarse de su memoria para conservar los hechos nuevos que le presentan sus lecturas, sus observaciones o sus reflexiones, puede todavía buscarlas y tomar nota de ellas. Así, pues, en los momentos del día en que la memoria está menos activa, puede estudiar todavía con fruto, ayudado del cuaderno de notas. Cuando no son las emociones ni violentas ni excesivas, pueden colocarse entre las acciones que exigen el menor gasto intelectual; podemos, pues, dedicarnos a ellas en momentos en que somos incapaces de verificar todo trabajo que sea más costoso, y sobre todo el de añadir algo a los conocimientos y a las aptitudes que ya poseemos. En esto, hay todavía diferentes grados, pero de una manera general; podemos decir que el amor o el odio, son actos para los cuales son suficientes los grados inferiores de la fuerza nerviosa, aunque sean imposibles para el entendimiento, llegado a los últimos límites de su aniquilación. Este examen rápido de los gastos relativos de fuerza cerebral que lleva consigo el ejercicio de las diversas facultades intelectuales, nos permite juzgar de las horas, momentos y circunstancias más favorables al trabajo de la memoria. Puede admitirse que, en las primeras horas del día, la energía total está en su mayor altura, mientras que baja mucho por la tarde; así pues, la mañana es el momento más propicio para las adquisiciones intelectuales. Durante las dos o tres horas que siguen al desayuno, la fuerza del organismo está probablemente en su mayor grado; un reposo completo de una o dos horas, y después, una segunda comida, seguida de ejercicios físicos, cuando el trabajo ha sido sedentario, preparan el cerebro a un nuevo esfuerzo, que no vale, sin embargo, tanto como el primero, a no ser en la juventud; en fin, cuando la vivacidad de este segundo movimiento se haya gastado, podrá haber después otro descanso, una tercera fase de aplicación, pero con resultados muy inferiores a los de la primera, así como también a los de la segunda. En esta última fase, no debe emprenderse ningún trabajo importante de adquisición, pues es imposible poder contar mucho con la plasticidad del organismo; pero puede sacarse un buen partido de las facultades de combinar y de retener. El orden regular del día puede, algunas veces, alterarse por circunstancias excepcionales; mas estas excepciones no hacen más que confirmar la regla. Si estamos sin hacer nada durante las primeras horas del día, nuestro entendimiento podrá, sin duda, estar más fresco y más dispuesto al trabajo por la tarde; pero esta aplicación tardía no recompensará la pérdida de las primeras horas: a medida que el día avanza, disminuye la energía nerviosa, por fácil que sea la tarea que nos hayamos impuesto. Podemos también en un momento cualquiera del día, determinar una explosión de energía nerviosa, por un esfuerzo perseverante y por una estimulación que hace afluir la sangre al cerebro, sin tener cuenta del tiempo y de las circunstancias; pero este esfuerzo entraña siempre una pérdida de fuerza y un cambio de funciones. Regla general: DURANTE LA ESTACIÓN DEL FRÍO, EL VIGOR LLEGA A SU GRADO MÁXIMO, siendo, por lo tanto, el invierno la mejor época para trabajar. Los resultados del trabajo durante la estación del calor, o sea el verano, son medianos. Para darse cuenta del modo con el cual varía la plasticidad intelectual en las diferentes épocas de la vida, se podrían evaluar también las fuerzas totales del organismo en cada época, y buscar luego la parte de estas fuerzas puestas a disposición del cerebro; pero, como hay que tener aun cuenta de otras muchas circunstancias, preferimos no tratar ahora esta cuestión. Muchos detalles de la economía de la facultad plástica tienen un lado físico y otro intelectual. Tales son, por ejemplo, los que se refieren a la tensión y al descanso de la atención, a los intervalos y a los cambios de ejercicios, a la regularización nerviosa y a otros puntos menos importantes. Todos estos detalles pertenecen, en realidad, al estudio de la función retentiva, pero creemos no deber considerarlos ahora, más que bajo su punto de vista puramente intelectual. Toda la ayuda que el entendimiento suministra a la plasticidad pueden reducirse a una sola idea, la de CONCENTRACIÓN. Toda adhesión, toda impresión producida en la memoria, toda tendencia comunicada al entendimiento, entraña también cierto gasto de fuerza nerviosa, tanto mayor cuanto más satisfactorio es el resultado. Para esto es indispensable apartar las fuerzas intelectuales de todo otro trabajo que pudiese perjudicar al primero; sobre todo es necesario compensar todo gasto excesivo de fuerzas que éste pudiera exigir. Ante todo, es indispensable conocer bien las circunstancias que producen la concentración del entendimiento. Admitimos que las fuerzas intelectuales disponibles son suficientes, y buscamos los medios de darles una dirección conveniente. Ahora bien, es evidente que la voluntad es la principal influencia que interviene en igual caso, y ya sabemos que sus principales estimulantes son el placer y el dolor. Así es como se presenta la cuestión en primer término; mas lo que sabemos de psicología nos permite determinar estos elementos, todavía con mayor precisión. La voluntad propiamente dicha, considerada como facultad activa o dirigente, es decir, el movimiento de los órganos de una manera determinada bajo la influencia de un móvil, es una facultad desarrollada por la cultura, muy imperfecta al principio, pero que se perfecciona con la práctica. Ningún estímulo puede determinar a un niño de un año a mover las manos sin titubear a señalar un objeto con el dedo, a tocarse la punta de la nariz, o a avanzar el hombro izquierdo. Los actos más elementales de la voluntad, el A. B. C. de todas las adquisiciones superiores, necesitan ser estudiados por procedimientos especiales y mientras no hayan hecho bastantes progresos para someterse a la influencia de un móvil, el maestro no tiene absolutamente ningún poder sobre la voluntad. La cuestión no es poco importante para la práctica de la educación, puesto que nos indica el momento favorable para la instrucción mecánica, y los obstáculos con que, al principio, puede encontrarse, a pesar de la plasticidad con que el cerebro esté dotado. El principal trabajo para una clase infantil, debe ser la disciplina de los órganos, acostumbrándolos a seguir la dirección que el maestro les indique. Si pasamos ahora a las influencias que favorecen la concentración, asignaremos el primer lugar al atractivo intrínseco, es decir, al PLACER CAUSADO POR LA ACCIÓN MISMA. La ley de la voluntad, considerada bajo el punto de vista de su mayor poder, es que el placer siga el movimiento de aquello que lo produce. Toda la fuerza de que el entendimiento puede disponer, en un momento dado, se inclina hacia el ejercicio que causa el placer. El placer inmediato que obtenemos, estimula enérgicamente nuestros esfuerzos si estos contribuyen a prolongarle. Así es como una impresión se hace más profunda, una tendencia o una inclinación se halla confirmada, y que muchos actos se asocien entre sí por nuestra inteligencia: el sentimiento del placer que se produce al mismo tiempo, despierta la atención, dejando en el entendimiento un sello indeleble. Para que el placer obre con toda la eficacia posible como estimulante de la voluntad, se necesitan dos cosas: prirnero, no debemos someternos en aquel momento a alguna rutina habitual de acciones voluntarias que desvien las fuerzas de la voluntad como lo haría, por ejemplo, un paseo en un jardín ameno; en segundo lugar, el placer no debe ser intenso ni tumultuoso. Puesto que un gran placer y un gran esfuerzo intelectual se excluyen mutuamente, no debe recurrirse nunca a un estimulante demasiado enérgico cuando se trata de obtener aquel de los resultados intelectuales que exige más fuerzas, es decir, la formación de aptitudes nuevas y duraderas. Un placer tranquilo y suficiente por un momento, con ausencia de toda gran tentación, es el mejor estimulante de nuestros esfuerzos para aprender. Si este placer aumenta poco a poco, será mucho mejor; un DÉBIL PRINCIPIO CON UN CRECIMIENTO REGULAR, que no absorbe nunca mucho el entendimiento, es el mejor estimulante para las facultades intelectuales. Para agrandar aun más el campo de la estimulación, sin temor de llegar a un exceso perjudicial, podríamos empezar por el lado negativo; es decir, por el dolor o la privación, que haríamos poco a poco decrecer durante el curso del trabajo, hasta que fuese reemplazado por la alegría que causa un placer creciente. Todos los grandes educadores de la juventud desde Sócrates hasta nuestros días, han admitido la necesidad de someter primero al discípulo a un cierto grado de sufrimiento, hecho penoso seguramente, pero que es fuerza reconocer como una dura verdad. Además el sufrimiento juega en la educación un papel más importante aun que el que dejamos dicho, como podrá verse en el capítulo siguiente. Una satisfacción moderaja, causada por el placer de aprender, es ciertamente el medio más agradable para cimentar la unión que queremos formar en el entendimiento. Expresamos ordinariamente esta ley, diciendo que el discípulo verifica su trabajo, de todo corazón y que aprende con AMORE. Este hecho es bien conocido, pero el error que contiene, consiste en aconsejar o querer imponer esta disposición a todos los discípulos y en todos los casos, como si pudiera remediarse, y no fuera una causa de gasto de fuerzas intelectuales. No puede el cerebro dar un placer excepcional sin hacerlo pagar caro. En el número de los motivos de concentración de fuerzas del entendimiento, después del placer actual, sigue el placer en perspectiva, la adquisición de un conocimiento que, más tarde, nos ha de causar satisfacción. Este estimulante tiene toda la inferioridad que tolera la simple idea del placer comparada con la realidad. A pesar de esto, admite diferentes grados y puede ejercer una influencia considerable. Muchas veces, cuando algunos niños han estudiado bien, sus padres les recompensan de sus éxitos dándoles dinero; en este caso, la idea del placer es casi igual a la impresión que causaría un placer actual. Por otro lado, las promesas de fortuna y honor que la instrucción dará en un gran número de años, son pocas veces eficaces para determinar el entendimiento a aplicarse a tal o cuál estudio particular. Examinemos ahora la acción del sufrimiento. En virtud de la ley de la voluntad, el sufrimiento nos hace retroceder ante lo que le causa. Rechazamos un estudio trabajoso, así como un estudio agradable nos atrae y nos retiene. El único medio de utilizar el sufrimiento como estimulante al estudio, es sacar de él la consecuencia de la negligencia o de la falta de ejecución del trabajo prescrito; encontramos entonces un placer relativo por cumplir con nuestro deber. Tal es la teoría de los castigos impuestos por falta de aplicación. Este móvil, es, bajo todos conceptos, inferior a los demás; y no hay que perder de vista esta inferioridad, cuando se recurre a él, como se ven obligados a hacerlo, con demasiada frecuencia, los maestros con la generalidad de los discípulos. El sufrimiento es siempre una pérdida de fuerza cerebral, mientras que el trabajo del discípulo necesita la totalidad de esta fuerza. El castigo no obra, pues, sino con una pérdida considerable, y esta pérdida crece más aun si llega hasta la fase del terror bien definido. Todos sabemos que, muchas veces, la severidad vuelve al discípulo completamente incapaz de verificar el trabajo que se le ha impuesto. Sin adoptar ninguna de las teorías hechas A PRIORI, sobre la cuestión de saber si es posible determinar el entendimiento humano al trabajo por un sistema ingenioso de lecciones recreativas, afirmamos, sin temor de equivocarnos, que si se tiene cuenta de las condiciones físicas, si no dan a los discípulos más que tareas que no sean mayores que sus fuerzas, si se les ayuda en una justa medida por preceptos inteligibles, aunque los castigos sean con frecuencia necesarios, no llegarán nunca a ser bastante fuertes para traer el desaliento y agotar la energía plástica. Las mismas observaciones se aplican exactamente al sufrimiento en perspectiva, teniendo en cuenta la diferencia que existe entre la realidad y la idea. Todo va bien cuando la perspectiva de castigo ejerce una influencia suficiente, pues las consecuencias que lleva consigo la negligencia en el trabajo para el porvenir, son tan variadas y considerables, que dispensan desde luego tener que recurrir a otro medio; pero como la inteligencia de los niños no tiene generalmente más que un sentimiento bastante débil del porvenir, lo mismo para el bien que para el mal, los castigos impuestos en el mismo momento, no pueden nunca reemplazarse más que por castigos muy próximos, muy inteligibles e inevitables. Al estudiar el entendimiento humano, nos vemos obligados en muchos casos a establecer una distinción sutil entre el sentimiento del placer o el del sufrimiento, y la de una emoción que no es agradable ni desagradable. Establecemos la misma distinción para el objeto que nos ocupa. Existe una forma de concentración intelectual que ha recibido, con justicia, el nombre de excitación, y que no puede llamarse agradable ni desagradable. Un ruido violento, un choque repentino, un movimiento rápido de rotación nos conmueve, nos aviva, o nos excita; pudiendo tambien causarnos un placer o un sufrimiento; pero puede igualmente ser enteramente neutro; y hasta cuando hay placer o sufrimiento, existe una influencia distinta de la que ejercerían estos dos sentimientos por sí mismos. El entendimiento entra en aquel momento en un estado de excitación que excluye todas las demás ocupaciones intelectuales; lo que produce este estado nos absorbe, y no podemos sufrir las influencias exteriores más que cuando ha cesado. De aquí se deduce que la excitación es el medio por excelencia de producir una impresión, de grabar una idea en el entendimiento, y un estimulante esencialmente intelectual. Será inútil decir que en virtud de la ley de incompatibilidad de los dos modos de ser contrarios, la excitación no debe ser violenta ni bastante viva para causar una pérdida de fuerzas. En un grado moderado y en una justa medida, la excitación es idéntica a la atención, a la absorción intelectual, a la concentración de las fuerzas sobre la acción plástica, de manera que pueda conservar en estado de recuerdo el objeto que se halla en el foco intelectual. La excitación así definida no tiene ningún valor como fin, pero con mucho medio; y este medio contribuye al progreso de nuestro entendimiento, grabando en él un encadenamiento de ideas útiles. Réstanos hablar de otra sutileza, la distinción de distinción. Después de haber opuesto el sentimiento de excitación al sentimiento de placer o sufrimiento, tenemos que separar los modos útiles de excitación de los que son inútiles y hasta perniciosos. La excitación útil es la que está limitada al objeto que se quiere grabar en el entendimiento; la excitación inútil, y peor que inútil, es la que se extiende al azar, sin referirse a nada particular. Es fácil producir esta última especie de excitación -estado vago, sin regla y tumultuoso-, que no puede servir para ningún fin determinado; pero hay que considerarla más bien como fuerza perturbadora que como medio de llamar y concentrar la atención sobre cualquier trabajo. La verdadera excitación que conviene a un punto dado es la que nace de ese punto mismo, se liga y se limita a él. Así pues, la receta para producir este género de excitación, consiste en una aplicación continua del entendimiento en medio de una perfecta tranquilidad exterior. Limitad tanto como sea posible cualquiera otra acción de los sentidos, fijad la atención únicamente sobre la acción que se trata de aprender, y en virtud de la ley de persistencia nerviosa e intelectual, las corrientes cerebrales tomarán gradualmente más fuerza, hasta que hayan alcanzado el punto en que ya dejan de ser útiles. Este es el ideal de la concentración por la excitación nerviosa. El enemigo de esta neutralidad tan deseable es el placer que viene de fuera; pues el entendimiento de un niño no puede resistir a la distracción de un placer momentáneo, ni a la idea de un placer lejano. Intencionadamente las ventanas de las clases están dispuestas de manera que los discípulos no puedan ver lo que pasa fuera; y también se suprime con intención todo lo que pudiera distraerles en el interior, por lo menos mientras dura la parte difícil de las lecciones. Un pequeño sufrimiento, o por lo menos el temor del sufrimiento, CON TAL QUE SEA LIGERO, no es desfavorable a la concentración intelectual. Fáltanos examinar un punto importante, el de la relación que existe entre la memoria y la facultad de discernir que ya hemos señalado, al hablar de esta. El estudio de esta diferencia nos hará comprender mejor todavía el verdadero carácter de la excitación que concentra las fuerzas, sin distraerlas ni disiparlas. El momento de un discernimiento delicado es aquel en que la fuerza intelectual domina; pues la emoción desdeña las distinciones sutiles, y vuelve al entendimiento incapaz de sentirlas. La tranquilidad de las emociones permite al entendimiento consagrar todas sus fuerzas a las acciones intelectuales en general, entre las cuales la acción fundamental es la percepción de las diferencias. Ahora bien, cuanta más energía mental podemos consagrar a la observación de una diferencia, mejor apreciamos esta diferencia y MEJOR SE IMPRIME EN NOSOTROS. El mismo acto que es favorable a la percepción de las diferencias, lo es también a la conservación de los hechos por la memoria. Es imposible separar estos dos fenómenos. Ninguna ley de la inteligencia está mejor establecida que la de la unión íntima entre la facultad de discernir y la de retener. Todos los fenómenos por los que nuestra percepción de las diferencias es grande -color, forma, sonido, gusto- son también los que mejor retiene nuestra memoria. Siempre que la atención puede concentrarse sobre un objeto de manera que nos haga sentir sus más pequeños detalles -lo cual es otra manera de expresar la percepción de las diferencias-, esta circunstancia hace una profunda impresión sobre la memoria, y ningún momento es más a propósito para grabar profundamente, en esta, un hecho cualquiera. La perfección de la excitación neutra consiste, pues, esencialmente en la aplicación intensa de las fuerzas intelectuales a un acto o una serie de discernimiento. Si podemos obtenerla por un medio, cualquiera que sea, podemos estar seguros que las demás consecuencias intelectuales de este estado, vendrán a continuación. Es difícil y poco común para la infancia y la adolescencia llegar a conseguirla, porque las condiciones positivas y negativas de su más alto grado, se encuentran pocas veces reunidas. No obstante, es fácil averiguar cuáles son estas condiciones, y el estudio que acabamos de hacer no ha tenido otro objeto que el de indicarlas. El placer y el sufrimiento no llenan solamente su función propia, que es la de dirigir las acciones voluntarias; obran también para producir una simple excitación, para reanimar la llama del entendimiento que hace más enérgicos todos los actos intelectuales, incluso las impresiones de la memoria. Afirmamos la distinción entre la excitación que concentra las fuerzas y la que las dispersa, entre la excitación que se inclina a un trabajo y la que se aparta de él. El placer, con tal que no sea demasiado grande, es un auxiliar más favorable que el sufrimiento; pero, por otra parte, este es un estimulante o un excitante más enérgico: bajo la influencia de un vivo dolor, las fuerzas se inclinan rápidamente hacia un objeto dado, hasta llegar al punto en que se pierden en vez de obrar de un modo útil. Esto nos conduce a la teoría de Sócrates, y al empleo de LA TORPILLE para preparar al trabajo el entendimiento del discípulo. Para darnos cuenta de la medida en que el dolor obra como estimulante de la inteligencia, nos basta recordar lo que hemos esperimentado muchas veces estando en el colegio. Todo discípulo que aprende una lección de memoria la repite varias veces con el libro, luego prueba a hacerlo sin él; de este modo, le sale mal y entonces se entristece; coge otra vez el libro, y prueba de nuevo a decirla sin él; sale también mal, y esta vez atormenta su memoria para recoger el hilo que ha perdido. El disgusto de estos percances y los esfuerzos que hace, estimulan las fuerzas intelectuales y avivan su atención seria y enérgicamente. Cuando el discípulo vuelve a coger el libro, su entendimiento está mejor dispuesto a recibir las impresiones necesarias; los anillos demasiado endebles de su memoria reciben una fuerza nueva y el éxito de la última prueba demuestra la eficacia de la disciplina impuesta al entendimiento. No nos queda que hacer más que una observación, para terminar este estudio de las condiciones de la plasticidad: la facultad de discernir y la memoria reciben la misma ayuda de la rapidez y de la vivacidad de las transiciones. Se dice generalmente que todo cambio vivo y brusco produce una IMPRESIÓN fuerte, así pues, esto se aplica igualmente a la facultad de discernir que a la de retener. Los límites vagos, poco marcados, y mal definidos pueden, pocas veces, distinguirse, y los objetos a que se aplican, escapan a la memoria. Esta consideración presta muchas veces, grandes servicios a los que se ocupan de la educación.










