EL TERROR
El estado del entendimiento llamado TERROR o TEMOR puede representarse, en algunas palabras, como un estado de sufrimiento y abatimiento extremos, que anula nuestra actividad y nos impulsa a exagerar todas nuestras ideas sobre lo que le causa. Este sentimiento aumenta en realidad el sufrimiento puro y simple que causaría un mal actual; se produce ante la perspectiva de un mal, sobre todo si este es grande, y más aun si su naturaleza no está bien definida. En la educación, el terror es un accesorio del castigo. Podemos obrar sobre el entendimiento por la perspectiva del mal, sin determinar el estado de terror; por ejemplo, cuando este mal es ligero y bien definido: una pequeña privación bien conocida y una dosis moderada de hastío, pueden ser castigos saludables sin que se mezclen a ellos los calofríos ni el sufrimiento del temor. La perspectiva de un castigo severo producirá el temor, sobre todo si el que está amenazado, ignora hasta qué punto llegará la severidad. En la educación moral superior, el temor no debe ser empleado sino con gran reserva; el mal que causa es tan grande que sólo en último caso debe emplearse. El temor aniquila la energía, desvía el entendimiento de su objeto principal, perjudicando así los progresos intelectuales que deseábamos obtener. Su único resultado cierto es paralizar y detener la acción, así como también concentrar las fuerzas sobre un solo punto, produciendo una debilidad general. El tirano que emplea el terror podrá desarmar rebeldes, pero no podrá conseguir que le sirvan con ardor. De todos los medios de educación, el peor es el empleo de terrores espirituales o supersticiosos. Nada puede justificar el empleo de los terrores supersticiosos, salvo el caso de que puedan ser aplicados al castigo de grandes criminales y perturbadores de la paz de la humanidad. En pequeña escala, ya sabemos el miedo que causan a los niños; en gran escala, podemos citar la influencia de la religión que obra casi exclusivamente por el temor de otra vida. Como todas las pasiones vulgares, puede el terror atenuarse hasta el punto de no ser sino un ligero estímulo, y la reacción que le sigue recompensa con creces el sufrimiento causado. Los mejores ejemplos que podemos citar del temor bien «empleado, nos son suministrados por célebres escritores, en los terrores simpáticos de la tragedia, o en los de una intriga bien concebida, que se disipan pronto. Bajo el punto de vista de su relación moral y bajo su forma elevada, este sentimiento se manifiesta por el temor de afligir u ofender a una persona a la que tenemos amor, respeto, o veneración; hasta de este modo el amor contiene un grado de abatimiento bastante grande; en suma el efecto producido es saludable y elevado. Todas las personas encargadas de la educación deben aspirar a ser temidos de este modo. La timidez o predisposición al temor es un rasgo de carácter bien marcado, del que los profesores deben tener escrupulosa cuenta. La debilidad general del cuerpo o del entendimiento es precisa compañera de la timidez; esta puede también ser resultado de largos y malos tratamientos, y de erróneas ideas sobre el mundo. Tratándose de cultura intelectual o de grandes esfuerzos en una dirección cualquiera, puede esperarse muy poco de las naturalezas esencialmente tímidas; muy fáciles de gobernar bajo el punto de vista de falta de acción, lo son mucho menos para las de omisión. Terminar con las creencias supersticiosas es uno de los puntos más importantes de la educación bajo su más lato aspecto; pero no podrá conseguirse con lecciones directas. Este resultado tan deseable es uno de los frutos indirectos y más apreciados del estudio exacto de la naturaleza, es decir, de la ciencia.










