LA CIENCIA DEL ENTENDIMIENTO
Al tratar de los objetos principales de nuestros estudios, no hemos hablado aun del ENTENDIMIENTO que se explica por medio de una ciencia especial, conocida bajo el nombre de fisiología. Dicen generalmente que es bueno tener cierto conocimiento de la constitución del entendimiento; pero poco frecuente es que le busquen en la ciencia del entendimiento; en general se contentan con un conocimiento sacado de otras fuentes, y que se piden a su experiencia personal, a las máximas usuales, a la historia, a los discursos y a las novelas. Como instrucción, todo esto puede ser bueno o malo; pero como método y como ejercicio intelectual, es absolutamente sin valor. Gran parte de lo que se aprende de este modo es falso e inexacto, y la ciencia del entendimiento tiene precisamente por objeto rectificar estas falsas ideas. No debe discutirse la ciencia del entendimiento más que cuando se han preparado bien por la disciplina y los conocimientos que dan las otras ciencias y más particularmente las matemáticas y las ciencias experimentales. Apoyada sobre esta base, la psicología traerá al entendimiento su propia disciplina con un conocimiento nuevo y más exacto de los hechos intelectuales. Algunos de los grandes problemas que puedan ocupar nuestra atención están fundados sobre la naturaleza del hombre, y el estudio científico del entendimiento ha sido, muchas veces, paralizado por las soluciones demasiado parciales de cuestiones tales como la del ser absoluto, de las ideas innatas, y del sentido moral. Sin una completa imparcialidad en el estudio de estas cuestiones sutiles, la teoría del entendimiento puede oscurecer todo aquello que toca, en vez de traer luz. Acostumbran a asociar la lógica con la ciencia del entendimiento, por más que existe la primera independientemente de la segunda. La lógica, considerada según la extensión de las ideas modernas, va bien con las ciencias tales como las hemos descrito. Llama la atención sobre lo que, en cada ciencia, constituye el método o puede servir de disciplina, puntos demasiado abandonados por el discípulo a causa de su celo para la adquisición de conocimientos nuevos. Hasta para las matemáticas, es bueno añadir un comentario de lógica, y no es menos útil hacerlo para las ciencias de inducción y de clasificación. El cuadro que acabamos de bosquejar a grandes rasgos comprende las ciencias teóricas, a las que debemos todos nuestros conocimientos, y que nos dan la vista más completa y más sistemática de los fenómenos naturales de cualquier orden. Nos presentan el método y el espíritu científicos en toda su perfección, y nos dan al propio tiempo la mayor cantidad de conocimientos exactos. Todo lo que puede hacer la cultura científica está hecho por el conjunto de estudios que acabamos de presentar; pero su resultado más importante es la abnegación a la VERDAD, que debe necesariamente resultar de esta iniciación de todos los medios empleados por las averiguaciones modernas, haciendo, por supuesto, la parte de las debilidades humanas. Inútil es insistir aquí sobre la influencia que la cultura de esta virtud esencial ejerce sobre todos los detalles de la vida. La disposición natural de la veracidad no sirve sin los métodos y el conocimiento de los signos por los que se distingue lo verdadero de lo falso; por el contrario, los que los poseen están casi siempre de acuerdo sobre los hechos, y no se empeñan en discusiones irritantes sobre lo que es o lo que no es. Las discusiones de los que han recibido una educación científica, no tratan más que de algunos puntos especiales y particularmente difíciles. El método de análisis que domina todas las ciencias, está en oposición directa con el procedimiento primitivo y grosero del entendimiento inculto, que tiende a considerar siempre las cosas en conjunto. El racionador vulgar hablará del conjunto como de un todo indivisible. Las relaciones de la ciencia con las bellas artes necesitan ser bien comprendidas. Primero, la ciencia reprime toda tendencia extravagante que tienen las artes para apartarse de la verdad, y contribuye de este modo a purificar las obras de arte. Este es un resultado negativo muy importante, pues las artes tienen una tendencia incontestable a apartarse de la verdad para halagar el gusto de lo ideal y las aspiraciones exageradas del hombre. En segundo lugar, la ciencia revela hechos, leyes, aspectos nuevos, que tienen más o menos interés para nuestros sentimientos, y suministran así materiales al artista. Los descubrimientos de la astronomía han modificado y engrandecido nuestras ideas sobre la esfera celeste, de manera que desarrollen en nosotros el sentimiento de lo sublime. Los descubrimientos de la física nos han presentado las fuerzas terrestres bajo unos aspectos nuevos y sorprendentes que tienen por resultado favorecer el sentimiento de la poesía y poetizar la ciencia misma. En tercer lugar, es preciso reconocer que la ciencia y las bellas artes siguen unas vías cuya indiferencia llega hasta un antagonismo marcado. El análisis, indispensable a la ciencia, está en desacuerdo con la tendencia que tiene la poesía a no considerar más que el conjunto de las cosas; las expresiones abstractas, poco elegantes, y técnicas, por las cuales la ciencia expresa la verdad, están en contradicción con los gustos artísticos; por último, la barrera que el rigor de la verdad científica opone al idealismo de la poesía, disminuye necesariamente nuestros placeres. Haciendo la parte de cada una de estas tres consideraciones, deduciremos de esto que, si el artista debe prepararse a su arte por medio de cierto grado de educación científica, no debe, sin embargo, tener siempre el entendimiento sumido en las ideas y las formas científicas más extrañas a la cultura estética. Dos de los espíritus de este siglo mejor dotados bajo el concepto de la imaginación, Tomás Chalmers y Tomás Carlyle, han sido en su juventud buenos matemáticos; y con más motivo, el estudio de las ciencias de inducción y de clasificación, y el de la psicología convendrían a un hombre dotado de disposiciones artísticas.










