LA EDUCACIÓN DE LOS SENTIDOS

LA EDUCACIÓN DE LOS SENTIDOS

Se habla mucho de ejercitar los sentidos y hacer su educación, sin definir exactamente lo que se entiende por esto. Aquí todavía, existe una educación general buena para todos, y una educación especial para ciertas artes. Ejercitar un sentido, es acrecentar su facultad natural de discernimiento: de este modo se aprende a distinguir los matices más delicados de colores, de tono, de olor, de gusto y de sensaciones producidas por el tacto. Un artista que se ocupa de colores, empieza por ejercitarse a distinguir bien todas las diferencias; un músico, un orador, llega, por medio de la práctica, a adquirir una gran delicadeza de oído; un cocinero hace la educación de su paladar. Así pues, el significado más preciso de la expresión es EDUCACIÓN DE LOS SENTIDOS. Esta facultad superior de coger los matices de las sensaciones dará mejor memoria para todo lo que puede verse, oírse y probarse, de modo que la facultad concreta de concepción se encontrará al propio tiempo acrecentada. La primera educación de los sentidos tal como la aconsejan y la practican ordinariamente para los niños, puede dar resultados muy diferentes. Puede acrecentar en ellos la facultad de discernir los matices de colores; puede igualmente desarrollar su aptitud para distinguir las formas y los tamaños visibles, de modo que pueda darles un sentimiento más delicado de los tamaños y de las propiedades de los objetos. Se quiere conseguir, por este medio, sentar las bases de tres talentos diferentes por lo menos: primero, el de juzgar, con exactitud y por la vista, de los colores, de las formas, y de las dimensiones de los objetos; después, el de arreglar los colores y las formas por grupos simétricos, de modo que satisfagan el sentido artístico; y por fin, el de comprender las figuras geométricas. El primero de estos talentos, el de juzgar con exactitud y por la vista, de los colores, de las formas y de las dimensiones de los objetos, no es de utilidad general; sirve para las artes especiales, y particularmente para el dibujo y el trazado de los planos, para los cuales es indispensable. Lo mismo sucede con el segundo talento, que da maravillosos resultados en las escuelas de párvulos, en que los niños consiguen imitar y ejecutar conjuntos simétricos muy elegantes, agrupando figuras sencillas de mil modos distintos; pero esto no debía llamarse EDUCACIÓN DE LOS SENTIDOS; es una enseñanza especial del dibujo y del arte de combinar. En cuanto al tercer resultado, que es la preparación del entendimiento para la geometría, nada demuestra que tenga esta necesidad de semejante educación, ni que dependa de ella. Las bases materiales de la geometría son tan poco numerosas y tan sencillas que es difícil escapar a la impresión que producen, y la ciencia misma no tarda en exigir de un modo perentorio que los sentidos cedan su puesto a la demostración razonada. Un geómetra no debe confundir un triángulo con un cuadrado, o un círculo con una elipse, pero no necesita saber apreciar rápidamente, y de un solo golpe de vista, las proporciones exactas de la elipse; no se fía nunca de los ojos para medir cualquier cosa que sea; no necesita tampoco conocer inmediatamente una ligera desviación de la perpendicular. No debe exagerarse la utilidad del dibujo considerado bajo un punto de vista general. Es, evidentemente, una habilidad de mano preciosa, y hasta indispensable para ciertos trabajos especiales; pero considerándola como base de educación intelectual, puede haber equivocación relativamente a su influencia. Se supone que desarrolla la facultad de observación, y que contribuye de este modo a dar al entendimiento el conocimiento de los objetos visibles; pero esta consideración es demasiado vaga para ser justa. El dibujo obliga al niño a observar únicamente lo que es necesario para el objeto que se propone, y nada más: si se trata de copiar un dibujo, deberá observar las líneas con cuidado; si se trata de dibujar del natural, se ocupará de la forma y de la perspectiva del modelo; pero estos son actos muy limitados, y que no exigen que sepa el ojo observar de un modo general los objetos exteriores y todos sus caracteres importantes. El discípulo no está obligado a fijarse más que antes en los objetos que no se propone dibujar. La observación, considerada en toda su extensión, no es solamente un asunto de sentido: nos hace interpretar las indicaciones exteriores por la aplicación de los conocimientos ya adquiridos, y constituye una educación especial en una esfera limitada. Esta es la observación del astrónomo, del geólogo y del médico. Cuando llega el dibujo a ser un placer y una pasión, absorbe demasiado, rompe el equilibrio del entendimiento y le inutiliza para otros trabajos. En vez de preparar sus vías para la ciencia, contribuyendo a grabar en la inteligencia los grupos de detalles que le son indispensables, le impide elevarse de lo particular a lo general, y reviste los detalles particulares de un interés concreto tan agradable, que el entendimiento prefiere entonces atenerse a este género de interés. Un gusto y una aptitud moderados para el dibujo pueden ser útiles en las ciencias que tienen un carácter concreto, sobre todo ateniéndose a esto solo; pero si se pinta y se llega a tomar demasiada afición a la pintura, el entendimiento toma un carácter demasiado artístico, y se hace rebelde a los procedimientos abstractos y analíticos de las ciencias.