LA EMULACIÓN.- LOS PREMIOS.- LOS PUESTOS
Estas palabras representan un solo hecho, un solo móvil, que es el deseo de sobreponerse a los demás y de distinguirse; hemos hablado ya del valor de este móvil. De todos los estimulantes del trabajo intelectual, es el más poderoso que conocemos, y cuando ejerce toda su influencia, ocupa el primer lugar; pero presenta varios inconvenientes: es un principio antisocial; puede llegar a ser excesivo, no obra sobre todos, y por fin hace un mérito de la superioridad de los dones naturales. Es incontestable que los más grandes esfuerzos de la inteligencia humana han sido siempre determinados por la emulación, la lucha, y la ambición de querer ocupar el primer puesto. Lo principal es, pues, saber si un grado más pequeño de perfección, accesible a las facultades medianas, no podría obtenerse sin ayuda de este estimulante. Si así fuera, la ventaja moral sería evidente. De cualquier modo que sea, no es necesario hacerle intervenir demasiado pronto, o hacer uso de él desde el principio. Durante la niñez, al tratar de desarrollar los sentimientos benévolos, más vale no recurrir a la emulación. Para un trabajo fácil e interesante, sería inútil. Para los discípulos dotados de una facilidad poco ordinaria, mejor sería desarrollar la modestia que el orgullo. Los premios y las principales distinciones no alcanzan más que a un pequeño número de discípulos. Los puestos obran poco mas o menos sobre todos; sin embargo, no tienen más que poca importancia para los últimos de una clase. Demasiado a menudo, lo que saben puede representarse con un cero. Un pequeño número de discípulos que se disputan con ardor el primer puesto, y una masa indiferente, no constituyen una buena clase. Los premios pueden tener valor por sí mismos, y también como prueba de superioridad. Pequeños regalos dados por los padres son muy útiles para excitar los niños al estudio; en cuanto a la escuela, sus premios son la recompensa de una superioridad a la que sólo puede aspirar un número reducido de discípulos. Las recompensas de que dispone el maestro son principalmente la aprobación y las lisonjas, medio de acción poderoso y flexible, pero que pide ser manejado con tacto. Ciertas clases de mérito son bastante palpables para ser representadas con números. Decir que una cosa está bien o mal hecha, en todo o en parte, es un juicio igualmente claro; es pues, una aprobación suficiente declarar que una respuesta es buena, que un pasaje ha sido bien explicado. Estas son lisonjas que no puede atacar la envidia. Expresar bien una alabanza es un asunto delicado; se necesita mucho tacto para hacerla a la vez exacta y precisa. Debe apoyarse siempre sobre hechos apreciables; pero un mérito superior no necesita siempre lisonjas ruidosas; la aprobación expresa debe ser motivada por hechos que impongan admiración hasta a los más envidiosos. El verdadero regulador es la presencia de toda la clase reunida; no habla el profesor solo en su nombre, no hace más que dirigir el juicio de una multitud con la que debe estar siempre de acuerdo; su opinión propia debe ser expresada siempre en particular. El principio de un jurado de discípulos, propuesto por Bentham, por más que no esté formalmente reconocido en los métodos modernos de educación, se aplica siempre tácitamente. La opinión de una clase, cuando tiene todo su valor, es el acuerdo de la cabeza con el de los miembros: del profesor y de los discípulos. Cualquier otro estado de cosas es un estado de guerra, pero este último es, a veces, inevitable.










