LA MEMORIA Y SU CULTURA
APRENDER DE MEMORIA es una expresión que designa la acción de aprender o de adquirir los conocimientos que no parecen exigir el ejercicio de las facultades más elevadas a las que damos los nombres de razón y de juicio: por ejemplo, los nombres, las listas de palabras en la gramática y en el estudio de las lenguas en general. Los acontecimientos de que hemos sido testigos se graban también en nuestra memoria, por el hecho solo de haber llamado nuestra atención. Sabemos también que una gran parte de la primera educación de los niños consiste en retener la disposición ordinaria de los objetos en medio de los cuales viven habitualmente. En fin, las relaciones más sencillas de causa y efecto no se conservan más que por la acción de la memoria. Para hacer estas adquisiciones más rápidas, es necesario llenar ciertas condiciones que hemos indicado ya como siendo las condiciones de la retentividad o memoria. Cuando se llenan dichas condiciones se dice, algunas veces, que se ejerce, o que se cultiva la memoria; entonces los que dicen esto, se hacen estas preguntas: ¿Podemos por algún artificio cultivar o fortalecer la memoria, o la facultad de retentividad en su conjunto? -Podemos adquirir conocimientos; esto es un hecho admitido.- ¿Podemos fortalecer o acrecentar la facultad natural de adquisición? -Se dice con razón que toda facultad puede fortalecerse por la práctica; pero para las facultades intelectuales este efecto no suele producirse. El poder absoluto de la retentividad en un entendimiento dado, es una cantidad limitada. El único medio de extender sus límites es usurpar algo de las otras facultades del entendimiento, o también de sobrexcitar todo el conjunto de las facultades intelectuales, a expensas de las funciones del cuerpo. Puede conseguirse una memoria extraordinaria a expensas de la razón, del juicio y de la imaginación, o también sacrificando la sensibilidad; pero este no es un resultado que haya de desearse. La forma más común que toma el desarrollo anormal de la memoria, es la especialidad que proviene de la aplicación a tal o cual orden de hechos, y resulta de los hábitos de atención que contraemos para nuestros principales estudios. Por esta tensión artificial es como un orador aprende sus discursos de memoria con una relativa facilidad. La memoria de los lugares se fortalece por la costumbre de la atención que resulta de nuestras ocupaciones especiales: un ingeniero, o un artista, recuerda los lugares, no por la superioridad de su memoria general, ni tampoco por una memoria particular, sino por la dirección constante de su atención sobre el punto que prefiere, con exclusión de todos los demás. Por consiguiente, en vez de tratar de cultivar la memoria, debemos buscar sencillamente los medios de favorecer tal o cual clase de adquisiciones, conformándonos con las leyes conocidas de la retentividad.










