Las emociones morales
Ideas de placer o de sufrimiento aplicadas a los objetos.- Condiciones especiales de los recuerdos agradables.- Los movimientos apasionados y violentos.- Distinción entre la educación moral y los móviles del deber.- Repugnancia por el mal.- ACCIÓN DE LOS MÓVILES.- 1º LOS SENTIDOS.- Los castigos y la sensibilidad.- Sufrimientos musculares; sufrimientos nerviosos; hastío.- Privación de alimento.- Castigos corporales.- 2º Las EMOCIONES.- EL TERROR.- El temor no acompaña siempre al sufrimiento.- Inconvenientes del temor empleado como medio de acción.- LOS MÓVILES SOCIALES.- Conjunto de sentimientos sociales.- Sus formas más intensas no son convenientes para la educación.- De qué modo puede la sociabilidad excitar al trabajo.- Influencia de la multitud sobre el individuo.- LOS SENTIMIENTOS MALOS Y ANTISOCIALES.- Necesidad de reprimir la cólera y la crueldad.- Ejercicio legítimo de las malas pasiones.- Los castigos reales y los imaginarios; la mofa; los juegos.- La cólera como medio de disciplina.- EL SENTIMIENTO DEL PODER.- Poder real y poder imaginario.- Su importancia como móviles.- LOS SENTIMIENTOS DE PERSONALIDAD.- Complacencia y estima por sí mismo.- Amor a las lisonjas o a la admiración.- Medida que debe observarse en las alabanzas.- Vituperación; censura. Puede decirse que la educación moral es la que presenta las mayores dificultades; para emprenderla, es necesario primero estar al corriente de todo lo que sabemos sobre las leyes que rigen los sentimientos y la voluntad. Los sentimientos y la voluntad tienen ciertas fuerzas que preexisten a toda cultura, y además la cultura, hace que adquieran otras nuevas; pero la imposibilidad de medir de una manera rigurosa la intensidad de los sentimientos y de las emociones, hace muy difícil la apreciación exacta de los efectos de estos dos géneros de fuerzas. Las leyes generales de la retentividad se aplican igualmente a las emociones. La repetición y concentración intelectual son indispensables para que el entendimiento llegue a aplicar a un objeto, una idea de placer o de sufrimiento; pero los caracteres particulares de las emociones exigen que añadamos algo a lo dicho ya anteriormente. Tal vez el mejor medio de sacar a luz los puntos sobre los que queremos insistir, es indicar los sentimientos que dependen de la facultad emocional y de la voluntad que llaman, sobre todo, la atención de todos los que se ocupan de educación. Citaremos primero la asociación de una idea agradable o desagradable con los diferentes objetos que nos han rodeado durante nuestros momentos de dicha o de sufrimiento. Todo el mundo sabe que miramos con placer los objetos, antes indiferentes, que hemos visto a menudo en momentos felices. Entre los ejemplos más conocidos de este sentimiento, podemos citar las ideas que aplicamos a tal o cual lugar: si nuestra vida es feliz, nuestro cariño hacia los lugares que habitamos y a todo lo que los rodea, va siempre en aumento; no los dejamos sino con mucha pena, y cuando tenemos algún día de libertad, le aprovechamos para volver a reconocer con placer y alegría aquellos lugares, por tanto tiempo testigos de nuestra dicha pasada. Debemos contar también entre los sentimientos adquiridos, las ideas que aplicamos a los objetos que han servido para nuestras ocupaciones, para nuestros gustos, y para nuestros trabajos. Nuestros muebles, útiles, armas, antigüedades, colecciones, libros, cuadros; en una palabra, todo lo que nos rodea, adquiere por los sentimientos que les aplicamos un precio que nos hace soportar mejor el hastío de la vida. La naturaleza esencial de la afección, y lo que la distingue de la emoción, es ser la confirmación y el crecimiento del cariño que, al conocerle, nos inspira un objeto cualquiera. A medida que nuestros conocimientos van adquiriendo extensión, establecemos numerosas asociaciones de sentimientos con cosas puramente ideales, por ejemplo con lugares, personajes, o incidentes históricos. Nos basta indicar aquí como aumentando todavía el vasto campo de los sentimientos adquiridos, las ceremonias, los ritos y las formas que juegan tan gran papel en la vida. El problema de la distinción entre los efectos primitivos y los efectos derivados, no es otro que la apreciación exacta de los placeres adquiridos. Cualquiera que se ocupe de educación, no puede prescindir de echar una mirada de codicia sobre el campo que se abre aquí, y que presenta a su arte un cuadro tan seductor. Es el dominio de las posibilidades indefinidas, tan agradable para los entendimientos que ven todo de color de rosa. ¡Qué encantadora perspectiva hacer la educación valiéndose únicamente de combinaciones de ideas agradables! Sidney Smith ha dicho con justicia: «SI DURANTE LA INFANCIA, HACÉIS FELICES A LOS NIÑOS, LES ASEGURÁIS A LOS VEINTE AÑOS LA IDEA DEL GRATO RECUERDO DE AQUELLA». Esto se aplica evidentemente a la vida de familia; pero puede realizarse también en la vida de colegio, y algunos espíritus entusiastas han llegado hasta suponer que el colegio puede estar de tal manera organizado que haga olvidar una vida de familia que hubiera sido, tal vez, desgraciada. No sólo se necesitan muchos días para establecer estas dulces asociaciones de ideas, sino que también muchos años. Sería apartarnos de la consecuencia natural de las ideas, si no llamáramos la atención de nuestros lectores, sobre la rapidez tan diferente con la que se establecen las asociaciones de sentimientos penosos; en este caso, la marcha de las impresiones es mucho menos lenta, y no sufre retraso ni interrupción. Con raras excepciones, el placer tiene por términos físicos correlativos la vitalidad, la salud, el vigor, la acción armoniosa de todas las partes del organismo; exige una alimentación suficiente, una excitación que no sea demasiado larga, la ausencia de todo lo que pueda herir o irritar un órgano. El sufrimiento resulta de la falta de una de estas condiciones y, por consiguiente, es tanto más fácil que se produzca y dure, cuanto más difícil es asegurar el estado contrario. Tener un recuerdo de placer, es reproducir la abundancia, la justa medida y la armonía de las facultades, por lo menos aparentemente; puede conseguirse con bastante facilidad, cuando tal es el verdadero estado de las facultades en aquel momento; pero la recíproca está muy lejos de ser verdadera. Lo que sería preciso, sería poder determinar el estado general de satisfacción, cuando la disposición real de las facultades es, cuando mas, neutra o indiferente a este punto; y hasta en medio de un verdadero sufrimiento, llegar a atraer el sentimiento del placer por la fuerza de la retentividad. Por motivos que es fácil discernir, A PRIORI, esta facultad no es de las que se adquieran sin largos trabajos. Por el contrario, es fácil que se produzca el sentimiento en realidad y se reproduzca por la imaginación. Es siempre fácil quemarse los dedos, y lo es igualmente asociar la idea del sufrimiento con la de una llama, de un tizón o de un hierro candente. Si visitamos un palacio por simple curiosidad, las ideas de bienestar y de gozo que despierta en nosotros, nos causan cierto placer; en cambio, nos causa relativamente más tristeza visitar moradas pobres o las sombrías celdas de una cárcel. Para comprender bien la facilidad con que se producen los sentimientos penosos, es preciso estudiar los movimientos apasionados, es decir los sentimientos caracterizados por bruscas explosiones. Estos movimientos entrañan siempre un gran gasto de fuerza vital; es siempre fácil determinarlos directamente, y no lo es menos aplicarlos a cosas indiferentes que los determinan indirectamente; son pocas veces deseables por sí mismos; debemos pues esforzarnos en retardar y moderar su primera acción, y también en hacer desaparecer toda ocasión que pudiese hacerlos volver. Uno de los mejores ejemplos que, en este caso, podemos dar, es el terror que, después de todo, no es más que una manifestación violenta de energía gastada inútilmente bajo la influencia de ciertas formas de sufrimiento. Si se despierta por sus causas naturales, se aplica con una facilidad desastrosa a las circunstancias accesorias, y hace rápidos progresos. Después del terror, viene la irascibilidad que es igualmente una emoción de explosión brusca. También este sentimiento, cuando sus causas naturales tienden a producirle fácilmente, agranda pronto su dominio por nuevas asociaciones de ideas. Bajo todos los puntos de vista, es más peligroso que el terror. En efecto, este es un estado tan miserable que nosotros le reprimiríamos si fuera posible. La cólera, por el contrario, por más que contenga elementos penosos, es, por su naturaleza, un sentimiento superabundante, puede muy bien suceder que no queramos reprimirla en su primera aparición, ni impedir que se extienda a objetos secundarios. Cuando una persona nos ha irritado profundamente, nuestra cólera se desahoga con todo lo que le pertenece. Si hay en esto placer, se desarrolla rápidamente, pues los odios pueden ser violentos hasta en la infancia. La combinación de terror y de irascibilidad que produce lo que llamamos antipatía, es un sentimiento fácil de determinar -a no ser que se le oponga una resistencia enérgica-,y no menos fácil de cultivar, de modo que su desarrollo está bien lejos de marchar con la lentitud que caracteriza el de los placeres, de que ya hemos hablado anteriormente. La risa producida por causas naturales, o por estimulantes ficticios o indirectos, nos suministra un tercer ejemplo, no menos notable que los anteriores, de la manifestación brusca de un sentimiento por una violenta explosión. El exceso de agitación producido por la risa, provoca la supresión de ésta, además es poco común que la edad no tienda a disminuirla mas bien que a aumentarla. Como expresión de vituperación y de desprecio, la cultura de la risa es tan fácil como la de la malevolencia que la determina. Citaremos todavía las explosiones del dolor, emoción que ejerce una influencia poderosa y que, si no se le pone obstáculos, añade a su fuerza natural la de una costumbre que es, por desgracia, demasiado fácil de contraer. En fin, a la ternura se junta un modo vivo de manifestación cuyo único defecto consiste en ser demasiado fuerte para ser duradero; produce un ardor pasajero al que pueden, a menudo, suceder la frialdad y el olvido. También este movimiento se extiende espontáneamente, y nos da el ejemplo de una rapidez poco deseable en la explosión de un sentimiento. Hasta ahora, no hemos hecho más que presentar un resumen de hechos bien conocidos en la historia de los sentimientos. Sabemos igualmente que las manifestaciones demasiado vivas son el defecto de la juventud, defecto que los años y el desarrollo de las facultades, corrigen en gran parte. Las luchas de la vida ordinaria nos enseñan a ser menos expansivos y a dominar nuestros sentimientos, y la reflexión nos induce, cada día más, a reprimir nuestros primeros movimientos, lo que da por resultado retardar o impedir su trasformación en costumbres. Las dos condiciones principales e indispensables al ejercicio de esta influencia exterior, y a la adopción de hábitos contrarios, son una iniciativa poderosa y una serie no interrumpida de conquistas. Basta dar ejemplos de la manera con la que estas condiciones se aplican a cada emoción en particular, para dar a conocer, por esto mismo, los caracteres especiales de cada género: temor, cólera, amor, etc., etc. Las asociaciones de ideas que ofrecen mayor interés son siempre aquellas a las que su influencia sobre la conducta, bajo el punto de vista del bien o del mal, ha hecho dar el nombre de «MORALES». Para la última clase de que hemos hablado, esta relación es enteramente directa, mientras que no es más que indirecta para la primera; pero abordando este caso, bajo el punto de vista exclusivo de la cultura moral, es preciso entrar por una nueva dirección en el dominio de las ideas generales que tienen relación con las emociones. El progreso moral es evidentemente un aumento de la fuerza de la facultad llamada moral, o facultad de conciencia, acrecentamiento de fuerza que tiene por resultado, según la expresión de Butler, darle un poder igual a su derecho. Para acrecentar una fuerza es preciso, antes, conocerla; si la fuerza es sencilla, es necesario definirla en su sencillez; si es compuesta, es preciso indicar sus elementos a fin de poderla definir. La manera con que Bentham y Jaime Mill han tratado la cuestión de la cultura moral fuera de toda idea convencional, hará comprender lo que queremos decir. Mill aplica al sentido moral la teoría de la derivación llevada a sus más extremados límites, y su diseño de la marcha que debe seguirse para la educación moral está naturalmente conforme con este modo de ver. Analiza sin temor las virtudes cardinales; he aquí un ejemplo: «LA TEMPLANZA ESTÁ EN RELACIÓN CON EL SUFRIMIENTO Y EL PLACER. SE TRATA DE APLICAR A CADA SUFRIMIENTO Y A CADA PLACER LOS GRUPOS DE IDEAS QUE, SEGÚN EL ORDEN DE LOS HECHOS, TIENDEN, EN ÚLTIMO CASO, DE LA MANERA MÁS EFICAZ A AUMENTAR LA SUMA DE LOS PLACERES Y A DISMINUIR LA DE LOS SUFRIMIENTOS». De cualquier modo que sea, es un hecho incontestable que, en todo tiempo, los medios empleados para asegurar la conducta moral de los hombres, han sido el castigo y las recompensas; es decir, el sufrimiento y el placer. Este método ha alcanzado generalmente el fin que se habían propuesto, y ha tocado los resortes que hacen obrar a los seres humanos, cualquiera que sea el color de su piel. Ningún hombre necesita cualidades intelectuales especiales para concebir un temor saludable por las penas de que dispone la autoridad civil. Como estamos siempre dispuestos naturalmente a rehuir los sufrimientos, de cualquier clase que sean, queremos necesariamente evitar el que se presenta bajo la forma de un castigo. Este movimiento depende tanto de la educación como aquel que nos induce a evitar el hambre, el frío, y la fatiga. Cuando rehúsan admitir la existencia de una facultad especial, diferente de todos los demás elementos reconocidos del entendimiento -sentimiento, voluntad, inteligencia-, no debe considerarse como si dijeran que la conciencia es puramente un asunto de educación, pues sin haber recibido ninguna, puede el hombre ser moral en el sentido más extenso de la palabra. Lo que nosotros entendemos por teoría de la derivación de la conciencia, es que todo lo que ésta encierra, puede aplicarse a uno u otro de los hechos fundamentales de nuestra naturaleza; primero, a la voluntad, puesta en juego por el sufrimiento y el placer, y después a las impulsiones sociales y simpáticas. La combinación de estos factores da a la buena conducta un vuelo casi irresistible en todas partes donde se ejerce la influencia exterior de la ley y de la autoridad. La educación es, sin duda alguna, un tercer factor de cierto valor, pero es posible exagerar su influencia tanto como considerarla insuficiente. No nos equivocamos mucho afirmando que las setenta y cinco centésimas partes de la facultad moral mediana, representan la influencia ejercida sobre la voluntad por los castigos y las recompensas que distribuye la sociedad. A riesgo de entrometer la teoría de la educación en una discusión que le será tal vez extraña, creemos necesario hacer estas declaraciones antes de buscar la reunión de las emociones y de la voluntad que constituyen la parte artificial adquirida por nuestra naturaleza moral. El papel importante que desempeña aquí la educación está bastante demostrado por la diferencia que existe entre los niños abandonados a sí mismos y los que están bien educados; añadiremos, sin embargo, que no es sólo a la educación a quien debe atribuirse esta diferencia. Una vez comprendido que el mal entraña siempre un castigo, no parece que la educación pueda aumentar la repugnancia natural que este castigo inspira al entendimiento y, por otra parte, cuando se nos presenta una recompensa para animarnos a cierta conducta, no necesitamos lecciones especiales para determinarnos a merecerla. Existe, en verdad, una debilidad demasiado conocida que anula a menudo la acción de estos motivos: es decir, hablamos de la que nos hace ceder a cualquier atractivo actual y poderoso. La educación podría hacer algo para corregir la debilidad, pero obra pocas veces en este sentido. El profesor que la consiguiera habría hecho mucho más que lo que consiguen las mejoras morales propiamente dichas. Entre los sentimientos distintos que fortifican los movimientos naturales, de acuerdo con el deber moral, creemos poder citar el desarrollo de una repugnancia inmediata, independiente y desinteresada para todo lo que es constantemente denunciado y castigado como malo. Este es un estado o una disposición de espíritu que forma parte de una conciencia bien desarrollada, y que puede producirse espontáneamente bajo la influencia de la autoridad social y que la acción del profesor puede ayudar, pudiendo suceder también que no se manifieste. Corresponde al sentimiento que hace que ciertos avaros amen el dinero para su valor intrínseco, pero este caso, no se produce con tanta facilidad. Ante todo, el entendimiento no debe tratar la autoridad como a enemigo con quien debe contarse, y al que no debe obedecerse más que A FORZIORI. Es necesario que aceptemos incondicionalmente el sistema social y la acción de sus castigos, lo que no puede provenir más que de buenos instintos unidos al pensamiento de los males de que estos castigos preservan al género humano. Es una posición favorable en el mundo, ayudada por buenos sentimientos, la que nos acostumbra a esta repugnancia por las acciones inmorales, consideradas en sí mismas, e independientemente de los castigos que entrañan; entonces, hasta cuando nadie nos ve, llenamos nuestros deberes, no en el sentido exiguo de la palabra, sino con la mayor extensión del entendimiento. Difícil sería indicar a primera vista y sin haber reflexionado, la manera con que podría contribuir el maestro a favorecer este desarrollo especial. En la educación, nos encontramos a cada momento en presencia de la acción de los móviles; la teoría de los móviles es pues la de la sensación, de la emoción y de la voluntad; en otros términos, es la psicología de las facultades sensitivas y de las activas.










