LAS LECCIONES DE COSAS

LAS LECCIONES DE COSAS

La expresión «lección de cosas» está muy lejos de ser clara. Su origen remonta probablemente al sistema de Pestalozzi, que empleaba ejemplos concretos para enseñar las ideas abstractas de número y otras del mismo género. Este es un sentido perfectamente inteligible, y este método sirve de base a la enseñanza de todos los conocimientos generales. El maestro que quiere hacer uso de él, presenta a sus discípulos objetos concretos escogidos de modo que puedan producir todos cierta impresión general, por distintos que sean unos de otros bajo otros conceptos. Para grabar el número cuatro en el entendimiento de los discípulos, les presentará un gran número de grupos de cuatro objetos; para darles una idea del círculo, les enseñará muchos objetos redondos, pero diferentes entre ellos por el tamaño, la materia, y todos los demás caracteres exteriores. Una lección de cosas representa un estudio enteramente distinto, cuando se trata de ejercitar los sentidos o de madurar las facultades de observación. En el caso precedente, se ocupan de generalidades; en este, se buscan, por el contrario, las especialidades. Cuando se quiere enseñar a un discípulo a distinguir matices delicados de un mismo color, o diferencias de tono en la música, es preciso presentarlos a sus sentidos y llamar su atención hacia aquel lado. ¿En qué medida puede servir esto a la educación de la escuela? Este es un punto bastante dudoso. Cuando se enseña un arte especial como la pintura o la música, la distinción delicada de los matices de color o de tono, forma parte de la enseñanza misma; pero cuando se trata de conocer el universo, esta enseñanza especial se hace innecesaria si no es en ciertas ocasiones, o para un fin especial. Una gran habilidad en medir las longitudes sólo con una mirada, o en evaluar un peso con la mano, no forma verdaderamente parte del profundo conocimiento del universo. Por lo menos, el nombre de lecciones de cosas no es, en ningún modo, necesario para representar este talento especial. «CULTURA DE LOS SENTIDOS» sería una expresión más propia, y esta cultura es un género de ejercicio muy comprensible, así que se demuestra su utilidad. Un tercer punto de vista de las lecciones de cosas es el que tiene relación con la adquisición de palabras nuevas, es decir, ante todo, con la asociación de los objetos con sus nombres respectivos. Para establecer una relación entre una palabra y una cosa, es preciso que tengamos alguna idea de esta cosa, idea que será suministrada por los sentidos, por la observación, o, en una palabra, de cualquier modo. Los primeros nombres que aprendemos son los de los objetos comunes en medio de los cuales vivimos, objetos en su mayor parte individuales y concretos. La atención se fija en un objeto: al mismo tiempo, se pronuncia su nombre, y la asociación de las ideas o de la memoria no tarda a establecer entre los dos una unión íntima. Acrecentar el conocimiento del lenguaje, es aumentar el conocimiento de los objetos, y cuando se presenta la ocasión de enseñar objetos nuevos y de llamar la atención sobre estos objetos, desarrollamos el empleo inteligente del lenguaje, con el que se extiende nuestro conocimiento del universo, al menos por las propiedades características de los objetos. Para emplear convenientemente las palabras, no deben confundirse objetos diferentes; hay que conocerlos bastante para distinguirlos entre sí, por más que no se sepa todo lo que les concierne. No debe confundirse por ejemplo, un perro con un gato, ni la lámpara con el fuego. No parece, a primera vista, que las lecciones del maestro puedan hacer mucho para este conocimiento de las cosas; viene, en realidad, con la experiencia de la vida. Además, la expresión de conocimiento de las cosas no conviene mucho aquí. Un gran número de los objetos que los niños notan, y especialmente los primeros en que se fijan, son los objetos particulares que les rodean; pero este no es más que el primer paso; bien pronto le sigue una operación más importante. El niño no tarda en emplear y comprender términos generales. Estos términos son, sin duda alguna, muy fáciles de comprender: luz, oscuridad, gordo, pequeño, silla, cuchara, muñeca, hombre, agua, etc.; a pesar de esto, para comprenderlos, no basta mirar sólo un objeto, hay que comparar varios diferentes, coger sus puntos de semejanza y hacer abstracción de las diferencias. Sabemos también que un gran número de términos representan situaciones de objetos, mas bien que objetos mismos. Tales son todos los nombres de tiempo y lugar, y todos los que expresan circunstancias. AYER Y MAÑANA, no son objetos; FUERA O DENTRO DE LA CASA, son situaciones. Las palabras que expresan acciones, nos ofrecen también un modo diferente de considerar el universo: beber, estar de pie, venir, hablar, llorar, traer, son palabras que los niños más pequeños comprenden, por haber observado todo un conjunto, todo un grupo de circunstancias. ¿Qué diremos todavía de los estados SUBJETIVOS que se presentan muy pronto, a primera vista, con los objetos del mundo exterior? El niño no tarda mucho en aprender lo que es estar contento o triste, amar o no amar, y comprende y expresa muy pronto estos estados elementales. Así pues, en la adquisición del lenguaje, hay varias operaciones bien distintas que deben ser consideradas separadamente a medida que entran en la enseñanza, y que es preciso designar cada una por una expresión propia, y no por la expresión vaga de LECCIONES DE COSAS, que no sirve más que para desconcertarnos. Nos queda que considerar todavía otro sentido de esta expresión. Queremos hablar de la costumbre de elegir, en el curso de la enseñanza ordinaria, tal o cual objeto particular para hacer de él el tema de una lección especial y completa. Tomemos como ejemplo un pedazo de hulla. El profesor enseña una muestra de esta sustancia y llama la atención sobre su aspecto y sus diferentes propiedades exteriores, lo que tiene, generalmente, por resultado, convidar al discípulo a mirarla con más cuidado y más atención que antes. Hasta entonces, esto es lo que podríamos llamar una lección de ejercicio de los sentidos o de observación; pero el profesor no se contenta con esto: entra en todos los detalles relativos a la historia natural y a la química de la hulla; dice de donde proviene, como se produce primero, para qué sirve, y a qué propiedades debe su utilidad. Esto podría llamarse una lección de averiguaciones sobre un objeto. Una sustancia dada está tomada por texto de una disertación sobre acciones y propiedades que se aplican a gran número de otras sustancias. Imposible es referir la historia de la hulla sin hablar de la estructura de las plantas; no puede tampoco tratarse de sus usos sin hacer mención de la unión química de los cuerpos, y sin hablar del calor. El a propósito de este género de lecciones depende de diversas circunstancias sobre las que tendremos ocasión de volver a ocuparnos. Esto es más bien el empleo de un objeto tomado como texto, que una lección de cosas; nos permite agrupar alrededor de una unidad concreta una multitud de ideas y de propiedades muy abstractas. Esta forma es muy cómoda para una conferencia popular, como nos lo han demostrado los Sres. Huxley y Carpenter en sus conferencias sobre un pedazo de tiza.