LOS PLACERES DE LA ACTIVIDAD
Recomiendan, muchas veces, a los maestros que inciten la actividad de los discípulos, haciéndoles hallar, en sí mismos, los hechos y los principios que necesitan conocer. Este asunto pide ser estudiado con cuidado. Los seres humanos tienen en sí cierta espontaneidad de acción debida a una fuerza principal e independiente de los sentimientos que pueden acompañar su ejercicio. Esta espontaneidad es muy grande en los niños; se nota más en ciertas personas, y se dice entonces que tienen un temperamento activo. Distingue ciertas razas y ciertas naturalezas, se encuentra hasta en las diferencias que existen entre las diferentes familias de animales; varía también según el estado general de las fuerzas físicas. Esta actividad estallaría y se gastaría bajo la forma de un esfuerzo cualquiera, útil o inútil, aun cuando el resultado tuviera que ser perfectamente indiferente bajo el punto de vista del placer o del sufrimiento. Quieren ordinariamente sacar provecho de ella dándole una dirección útil, en vez de dejarla, si no servir para el mal, al menos perderse sin fruto. Tarda mas o menos tiempo en agotarse; pero mientras dura, el trabajo se hace con más facilidad. Por más que la corriente espontánea de la actividad se demuestre y se comprenda más fácilmente en el dominio del ejercicio muscular, pertenece también a los sentidos y a los nervios, y comprende la acción del entendimiento tan bien como la del cuerpo. El esfuerzo intelectual de la atención, de la volición, de la memoria y del entendimiento proviene, hasta cierto punto, de una acumulación de fuerzas, después del reposo y de la refección; y, en esta medida, puede ser considerado como no teniendo nada verdaderamente laborioso. En esto, pues, para obtener un resultado útil, no se necesita más que una buena dirección. La actividad, que consideramos como independiente del sentimiento, está, sin embargo, acompañada por él, y no de un sentimiento cualquiera, sino de uno de placer, cuyo grado máximo se manifiesta al principio de la acción. El placer es el móvil permanente de la actividad, y toda actividad natural del organismo humano -muscular o nerviosa, poco importa-, es una fuente de placer, hasta que el organismo llegue a cierto punto de depleción. Si nuestra actividad se ejerce además de una manera productiva, es decir si da alguna satisfacción fuera de la que causa el ejercicio, el placer que nos produce la acción misma se aumentará. Cuando añadimos al placer de ejercer nuestra inteligencia la satisfacción que produce la adquisición de algún nuevo conocimiento, tenemos, en nuestra opinión, el máximum de placer que puede procurar el trabajo intelectual. Decimos todavía mucho más cuando hablamos de satisfacer la actividad espontánea del discípulo. Esta expresión se aplica a la adquisición de los conocimientos nuevos, menos por comunicación directa que por los esfuerzos independientes del entendimiento que los saca hasta de filones no explorados. Es necesario, para esto, poner al discípulo, tanto como sea posible, en la vía seguida por el primer explorador, y darle, a la vez, los placeres del descubrimiento y los del triunfo y del éxito. Presentan, algunas veces, este lisonjero cuadro como uno de los medios regulares a disposición del maestro; pero preferimos considerarle como expediente excepcional, que no puede servir más que en circunstancias especiales. No es bueno que el profesor hable constantemente, sin pedir nunca a sus discípulos que reproduzcan y apliquen ellos mismos lo que les ha explicado. Hay, en esto, un olvido de la actividad espontánea de los discípulos, pero más bien en la forma que en el fondo. Escuchar lo que nos explican y comprenderlo bien, son modos de actividad; pero puede haber exceso y desigualdad con los otros ejercicios que son necesarios para grabar los conocimientos en el entendimiento. 46 Cuando todas sus facultades están regularmente ejercidas, puede experimentar el discípulo cierta satisfacción de la manera con que aprende, y esto no es más que una legítima recompensa de sus esfuerzos. No suponemos aquí que el espíritu independiente del discípulo pueda bastarse a sí mismo; solo admitimos que posee una inteligencia a la altura de su tarea, y que puede reproducir fielmente la enseñanza que ha recibido. Las lisonjas o la aprobación del maestro y de los que se interesan por el discípulo, son un aumento de recompensa. El sentimiento de invención o de creación tiene diez veces más poder; pero, como no puede casi nunca ser real, hay que tratar de reproducirle por lo menos en la imaginación. Para conseguirlo, un profesor hábil debe exponer a sus discípulos una serie de hechos que tiendan todos a cierta conclusión, y dejarles el cuidado de hallar esta misma conclusión. Escoger el término medio entre un esfuerzo demasiado pequeño para tener mérito, y otro demasiado grande para los discípulos, es en lo que consiste la habilidad del maestro; pero todo esto no forma parte más que de las golosinas y de los dulces de la enseñanza, y no entra para nada en el método regular. No debemos olvidar que, por más que el placer de inventar sea un móvil de extraordinario poder que prima todos los demás en ciertos entendimientos, y que está todavía lleno de atractivos cuando es imaginario, no es, para todos los entendimientos, el único móvil extraño que pueda ayudar al maestro. Existe otro móvil opuesto a este, de simpatía, afección y admiración para una sabiduría superior, que obra en otro sentido, que nos hace desear aprender al pie de la letra lo que nos enseña el maestro, y que reprime con severidad todo ejercicio independiente de nuestro juicio, por el que quisiéramos apropiarnos una parte de su mérito. Esta tendencia puede, sin duda alguna, degenerar en servilismo; puede favorecer la perpetuación del error y la estagnación del entendimiento humano; pero cuando no va muy lejos, no es, después de todo, más que la actitud que conviene a un discípulo. Acompaña a un sentimiento conveniente de la realidad: el discípulo no es, en efecto, más que un discípulo, y no un profesor ni un inventor; debe escuchar, mucho tiempo, humildemente, antes de atreverse a proponer, algo mejor. Los que empiezan un arte o una ciencia, deben tener una fe ciega y sin discusiones; debe un discípulo adquirir muchos conocimientos antes de tener bastantes materiales para dedicarse a un trabajo original o a hacer descubrimientos. Llega un momento en que debe cambiar esta actividad, y en que tiene el discípulo el derecho de ser independiente; pero pocas veces llega antes que el maestro haya terminado su obra. Hasta para los que estudian en nuestras grandes escuelas, salvo algunos entendimientos privilegiados, la independencia sería prematura; y siempre que los profesores han querido hacer de ella un medio de acción, y han alentado los discípulos a criticar libremente la enseñanza, los resultados obtenidos han sido de los más mínimos.










