LOS SENTIMIENTOS CONSIDERADOS BAJO EL PUNTO DE VISTA DE LA DISCIPLINA.
El examen que acabamos de hacer de los sentimientos del entendimiento humano que pueden emplearse como medios de acción, nos ha preparado suficientemente al estudio de la disciplina en la educación. Un profesor conoce que, durante las clases y para que éstas sean más eficaces, debe reprimir todos los movimientos irregulares, y triunfar de la inercia intelectual de ciertos niños. Puede, para conseguirlo, emplear muchos medios que corresponden al vasto campo de las sensaciones y de las emociones que hacen latir el corazón humano. La cuestión de los medios que deben emplearse para mantener la disciplina entre multitud de seres humanos, tiene un gran alcance, y por consiguiente, ha sido el objeto de experiencias muy diversas. El vasto dominio del registro moral, comprende una de las principales funciones del gobierno, tal es la represión de los crímenes, acción de la que se han ocupado muchos desde hace algunos años. Reunir todas las luces que nos suministra cada una de las esferas en que debe ejercerse el registro moral, es contribuir a alumbrarlas todas. Sin duda alguna, ha presentado el pasado grandes abusos en todas las regiones en que se ejerce la autoridad represiva -en el Estado, en la familia, en las escuelas-, y estos abusos han producido casi siempre una cantidad enorme de sufrimientos inútiles. En la familia, especialmente, es donde se ha generalizado más el mal, y donde lleva consigo consecuencias peligrosas. Han reconocido, poco a poco, diversos errores de que estaban contaminados los antiguos métodos disciplinarios, tanto en las instituciones del Estado como en la familia. Se han descubierto los graves inconvenientes de una acción fundada sólo en el temor, y sobre todo en el temor de castigos brutales, dolorosos y degradantes. Se ha averiguado que las ocasiones de hacer el mal pueden evitarse con mil precauciones saludables que hacen desaparecer hasta el deseo de desobedecer. Se ha visto y sentado como principio que, tratándose de castigos, la certidumbre es más eficaz que la severidad; añadiremos que todo castigo debe ser proporcionado a la falta. Nuestra opinión es que una educación convenientemente dirigida puede ahogar el germen de toda propensión al vicio y al crimen y que, hasta que esta educación haya tenido tiempo de producir efecto, no debe exponerse el entendimiento a la tentación. En esta época, se da más importancia que la que se daba antiguamente, a la cultura de las relaciones benévolas entre los hombres, cultura que tiende a restringir en límites más estrechos el espíritu malévolo entre los individuos. La disciplina en la educación supone necesariamente la relación de un maestro con una clase, un hombre o una mujer ejerciendo sobre un gran número de discípulos la autoridad indispensable para el trabajo que se han propuesto. Excusado es recordar aquí los principios que se aplican a la autoridad en general. La autoridad, el gobierno, el poder sobre los demás, no es esencialmente un fin: no es más que un medio. Además, su acción es un mal, disminuye la dicha de un modo notable. Restringir la libre acción del hombre, imponerle penas, establecer el reinado del terror, todo esto no puede justificarse más que cuando se trata de impedir males infinitamente más grandes que los sufrimientos causados por sí mismo. A primera vista, este principio parece no necesitar demostración; pero está muy lejos de ser generalmente reconocido. La maldad y el amor de la dominación tan profundamente arraigados en el corazón del hombre, hacen de la necesidad de un gobierno el pretexto de mil excesos de severidad y de represión, añadiendo aun a estos motivos la facilidad para los gobernantes de enriquecerse a costa de los gobernados. La filosofía social trabaja, en nuestra época, para formular los límites que deben imponerse a la autoridad y al empleo de los medios de represión. Pide a la autoridad que no emplee, no solo las penas mas dulces que puedan alcanzar el fin que se propone, sino que justifique cada vez, de su misma existencia. La autoridad no es siempre indispensable en las relaciones del maestro con el discípulo. Un discípulo que viene, de su motivo, a recibir la enseñanza de un profesor, no se somete, en ningún modo, a su autoridad; no hay en esto más que un pacto voluntario, que puede romperse a voluntad de cada una de las partes. Un profesor no ejerce más autoridad sobre los hombres que siguen su curso, que la que ejerce un predicador sobre su auditorio o que un actor sobre los espectadores. No hay en estas reuniones más que el grado de tolerancia mutua que exige el bien general; si algún perturbador faltara a este, la asamblea misma, o la policía, haría justicia. Ni el profesor, ni el predicador, ni el actor, están investidos de una autoridad que les permita impedir todo desorden en el auditorio. La autoridad se manifiesta primero en la familia, que la transmite, con ciertas modificaciones, a la escuela. La comparación entre estas dos instituciones es la que instruye sobre todo. El padre provee a todas las necesidades de sus hijos y ejerce al mismo tiempo, sobre ellos, una autoridad casi sin límites. Esta autoridad está atemperada por el cariño que depende de un cambio de relaciones benévolas, y supone además un número ilimitado de hijos. El profesor no tiene que proveer a las necesidades de sus discípulos: le pagan por los cuidados que tiene por ellos; su única obligación es darles cierta instrucción definida. Los elementos necesarios al cariño faltan a su autoridad porque el número de aquellos sobre quienes se ejerce, es demasiado considerable, y la comunidad de intereses, demasiado limitada; a pesar de esto, el cariño no está absolutamente excluido de las relaciones del profesor con el discípulo, y en ciertos casos notables, puede desempeñar también su papel. Por otro lado, la familia y la escuela tienen algunos puntos comunes bastante importantes. Las dos tienen que habérselas con entendimientos aun jóvenes, sobre los que ciertos móviles no tienen presa ninguna. Ni una ni otra pueden emplear móviles que no convengan más que a hombres hechos; no pueden hacer valer a los ojos de los niños las consecuencias que tendrá su conducta en un porvenir lejano y desconocido. Los niños no se dan cuenta de un efecto lejano, ni siquiera comprenden muchas cosas que ejercerán un día una gran influencia sobre su conducta. En vano les hablarían de riquezas, de honores y de satisfacción de conciencia. Medio día de asueto tiene, para ellos, más valor que la perspectiva de encontrarse un día, dueños de un establecimiento importante. No es siempre fácil hacer comprender a los niños las razones por las que tal o cual regla les está impuesta; sin embargo, con los de cierta edad, se consigue. Así, pues, la comprensión de los motivos que han hecho adoptar una regla, es una preciosa ayuda para asegurar su ejecución, aun tratándose de cualquier orden de gobierno. El ejercicio de la autoridad en cualquier esfera que sea -en la familia, en la escuela, en las relaciones de amo a servidor, de soberano a súbdito, en el Estado o en las sociedades secundarias- está sometido a muchas reglas comunes. Así pues: 1º. Es necesario evitar, tanto como sea posible, multiplicar las prohibiciones. 2º. Los deberes y las faltas deben ser claramente definidos, de manera que sean bien comprendidos. Esto podrá no ser siempre posible, pero deberá tratarse de conseguirlo. 3º. Las faltas deben ser clasificadas según su gravedad. Para esto, las distinciones establecidas deben ser precisas, y su lenguaje claro. 4º. La aplicación de las penas está arreglada según ciertos principios que Bentham ha sido el primero en sentar claramente. 5º. Es necesario aprovechar las disposiciones voluntarias según el grado de confianza que merezcan. 6º. Una buena organización previene toda ocasión de desorden. Se evitan las querellas, prohibiendo los grupos, las groserías y las colisiones. Se impide la improbidad, no dejándole ninguna ocasión de ejercerse, y la negligencia, por una vigilancia activa y por exámenes regulares. 7º. La observación de ciertas formas y de cierta etiqueta, contribuye a asegurar a la autoridad el respeto y la influencia a que tiene derecho. Todos los actos de la ley están acompañados de ciertas formas, y sujetos a cierto ritual; las personas revestidas de autoridad son inviolables. Cuanto más necesaria es la obediencia, más severas e imponentes son las formas de la autoridad. Los Romanos, que fueron los legisladores más grandes del mundo, se han distinguido entre todos por la pompa de sus ceremonias oficiales. Hasta los grados menos elevados de la autoridad deben ser rodeados de una ligera tinta de etiqueta. 8º. Debe entenderse que la autoridad, con todos sus atributos, no existe más que para ventaja de los gobernados y no para la del gobernante. 9º. Toda acción suscitada por el espíritu de venganza debe ser reprimida con el mayor cuidado. 10º. Toda persona revestida de autoridad debe, tanto como lo permitan las circunstancias, mostrarse benévola, procurar el bien de sus subordinados, y obrar sobre ellos por la persuasión y los buenos consejos, de modo que no se vea obligada a recurrir a la fuerza. Para que esta política dé su MÁXIMUM de efecto, es necesario que el que la emplee conozca exactamente sus límites, y no los traspase nunca. 11º. Los motivos de los castigos y de las reglas de disciplina deben, tanto como sea posible, ser explicados a los que conciernen; no deben fundarse más que sobre el bien general. Es preciso, para esto, que la educación nacional comprenda el conocimiento de la constitución de la sociedad, que no es más que una reciprocidad regular de todos sus miembros para el bien de todos, y de cada uno en particular.3 Hemos indicado las relaciones y las diferencias que existen entre la escuela y la familia. El carácter distintivo de la escuela con relación a la autoridad considerada en general, resulta del fin principal a que es destinada, es decir de la instrucción, para la cual las condiciones que deben imponerse son la atención y la aplicación, indispensables las dos para la permanencia de todas las impresiones intelectuales y demás. Despertar la atención, sostenerla por la dulzura o por la fuerza, tal es el primer objeto de toda enseñanza. Entre las influencias contrarias de que debe triunfarse, citaremos la incapacidad y el aniquilamiento físicos, el hastío que causa el trabajo, las distracciones que dan otros gustos, y la tendencia que tiene todo ser humano a rebelarse contra la autoridad. Los medios que deben emplearse con un discípulo solo o con una clase entera no son los mismos. Pueden estudiarse y sacarse partido de las cualidades individuales de un solo discípulo; no se puede hacer otro tanto con una clase. En este último caso, lo esencial es el elemento del número que trae consigo ciertos obstáculos y ciertas ventajas, y exige una acción especial. Se distingue el maestro del padre en que tiene que tratar con un gran número de individuos, y que presenta su acción cierta relación con la de las autoridades públicas: su misión es más extensa, sus riesgos más grandes, y su mano tiene que ser más firme. Con un solo discípulo, no necesitamos más que móviles personales; con muchos, estamos obligados a castigar muchas veces, para el ejemplo de los demás. Conocida es ya de todos la importancia que buenas condiciones materiales pueden tener para el éxito. Un edificio vasto y bien ventilado; bastante espacio para que se ejecuten todos los movimientos sin choque ni confusión; estos son los dos elementos fundamentales que hacen la disciplina mucho más fácil. Sigue luego a esto la buena organización, es decir el método y el orden regular de todos los movimientos, que hacen que se encuentre siempre cada discípulo donde deba estar, y que la masa entera esté bajo el ojo del maestro. Hay que colocar después la sucesión regular de los cambios y de las suspensiones de trabajo, que tiene por resultado evitar la fatiga y sostener el espíritu y las fuerzas mientras duran las clases. Después del material y de las disposiciones generales, vienen los medios y los métodos de enseñanza, que deben tender a dar claridad a las explicaciones, y a hacer más fácil el inevitable trabajo de la comprensión. Si se puede añadir a esta claridad, primera de todas las cualidades en la enseñanza, un interés o un atractivo exterior, será mucho mejor, pero el interés no debe nunca comprarse a costa de la claridad, sin la cual es imposible alcanzar el fin. Puede suceder que las cualidades personales del maestro contribuyan a aumentar su influencia, y que tenga un exterior amable, una voz y unas maneras agradables, así como una expresión amistosa, cuando cree poder aflojar un poco la severidad, tantas veces indispensable. Este es el lado del atractivo y de la dulzura. El otro lado es la actitud fría, imponente y severa por la cual el maestro sabe representar la autoridad, y recordar siempre el deber a los que tuviesen propósito de separarse de él. A pocos hombres y mujeres es dado el saber tomar esas dos actitudes en toda su perfección; pero, en cualquier circunstancia y en cualquier medida que se haga, se encontrará en esto un medio eficaz que oponer a la mala voluntad y a la pereza. Un aire fanfarrón y presumido perjudica siempre a la influencia del maestro por las ganas que da de reírse de él. Por el contrario, la autoridad puede atemperarse por un exterior modesto y sencillo. Nos parece inútil insistir sobre la importancia del tacto, es decir de una atención siempre alerta, a la que nada de lo que suceda pueda pasar desapercibido. Si el maestro no ve o no oye bien, resulta infaliblemente de esto un desorden; pero aun cuando este, goce de estos dos sentidos, puede suceder que no los emplee con suficiente vigilancia. Sólo esta imperfección es un defecto natural que hace a un hombre impropio para la enseñanza, lo mismo que un orador puede tener seguridad de no gustar, cuando tarda demasiado en conocer el efecto que produce sobre su auditorio. Un maestro no debe notar solo el desorden en el momento mismo en que estalla; debe leer en los ojos de sus discípulos el efecto producido por su enseñanza. La tranquilidad que proviene, no sólo de la debilidad, sino de la serenidad y de mucho imperio sobre sí mismo, y que se transforma fácilmente en energía cuando es preciso, es un precioso auxiliar de la disciplina. Por el contrario, la turbación y la agitación del maestro se comunican infaliblemente a la clase, y perjudican igualmente a la enseñanza y al orden. Todo error, toda falsa medida del maestro, perjudica, momentáneamente, su ascendiente. Estos pequeños percances suceden algunas veces, por más que se haga, y hacen entonces más peligrosos los aires de superioridad impropia que han podido darse. Los movimientos tumultuosos a que toda muchedumbre está sujeta, constituyen la dificultad más grande que el maestro tiene que combatir. Seres humanos reunidos en masa se conducen de un modo muy distinto que tomando estos mismos seres uno por uno; y se produce en los primeros, toda una serie nueva de fuerzas y de influencias. Un hombre solo, en presencia de una muchedumbre, está siempre en peligro. Todo individuo que no es más que una unidad en una masa, toma un carácter enteramente nuevo. La pasión antisocial o malévola, el placer de triunfar, que no existe en el individuo en presencia de otro más poderoso que él, se aviva y se enardece cuando se siente sostenido por otros. Cada vez que un ataque general se hace posible, la autoridad de un hombre aislado pesa muy poco en la balanza. Se dice, muchas veces, que el maestro debe hacer de modo que la opinión general le sea favorable; en otros términos, que debe crear en la clase una opinión en favor suyo. Mas fácil es, en esto, merecer el éxito que asegurarlo. De temer es que, hasta el fin de los tiempos, la simpatía de la multitud no se manifieste en las escuelas contra la autoridad. En ciertas ocasiones, la influencia de las masas podrá ser una garantía de orden: por ejemplo, cuando la mayoría de los discípulos quieren trabajar y que algún perturbador quiere impedirles hacerlo, o también cuando la clase está bien dispuesta, en general, para el profesor, y no tiene más que algunos movimientos excepcionales de desorden. Aun cuando el mérito del maestro le diera esta ventaja, no se vería por esto libre de una explosión, y por consiguiente, debe estar siempre pronto a reprimirla por medios disciplinarios y por castigos. Podrá emplear a menudo los calmantes, las reprensiones amistosas; podrá con una táctica vigilante, impedir el espíritu maligno de esparcirse y demostrar a los promovedores del alboroto que no los pierde de vista; pero siempre tendrá que concluir por castigar. Esta necesidad de estar siempre pronto a reprimir el desorden, unas veces en casos aislados, otras en la masa entera, es lo que exige de parte del maestro un porte y una actitud de autoridad que entrañan cierto grado de altanería y de reserva; la necesidad de esta actitud es tanto más grande cuanto más desarrollados están los elementos hostiles. El buen orden de una clase está turbado, en general, por dos clases de discípulos: los que no tienen por naturaleza gusto ninguno para el estudio, y los que están demasiado atrasados para seguir la lección. En toda escuela bien organizada, estas dos categorías se excluyen de la clase. Todas estas reflexiones nos conducen a nuestro objeto final: el castigo; añadiremos que las casas de educación, como todos los demás géneros de gobierno, han hecho grandes adelantos bajo este concepto. Hemos dado ya a conocer los principios generales de los castigos: nos queda ahora averiguar de qué modo se aplican a las escuelas; pero, antes, diremos algo del empleo de las recompensas.










