LOS SENTIMIENTOS DE PERSONALIDAD

LOS SENTIMIENTOS DE PERSONALIDAD

El YO comprende muchas cosas. La averiguación del YO y el amor del YO, son palabras que podrían emplearse sin presentar por esto nuevos sentimientos. La suma de todas las fuentes de placer y de todas las exenciones de sufrimiento que dependen de los sentidos y de los sentimientos, podría ser, designada por el yo. Por el contrario, al amor del YO, al amor propio, al orgullo, a la vanidad, al amor a las lisonjas, se agregan nuevas variedades de sentimientos, aunque estos no sean más que retoños de los que ya dejamos apuntados. No tenemos que buscar aquí el origen exacto de estos sentimientos complejos, sino cuando sea necesario para apreciar su valor como móviles distintos. Es incontestable que nos gusta encontrar en nosotros mismos algunas de esas cualidades que, en los demás, excitan nuestro amor, nuestra admiración, nuestro respeto o nuestra estima. La satisfacción y la estima de sí mismo son sentimientos de gran fuerza. Su influencia saludable nos hace buscar la perfección; su falta debe ser atribuida a la enorme indulgencia que tenemos para nosotros mismos, lo que hace que los ocultemos ordinariamente a los ojos envidiosos de nuestros semejantes. Sólo en ocasiones especiales, la persuasión puede obrar sobre estos poderosos sentimientos; están dispuestos frecuentemente a volverse, y a presentar exigencias inadmisibles. Una forma aun más elevada del sentimiento concentrado sobre el YO, es la que lleva el nombre de AMOR A LAS LISONJAS y de ADMIRACIÓN; nuestro placer se aumenta cuando es repetida y apoyada por palabras de otros, la buena opinión que tenemos de nosotros mismos. Esta es una de las más poderosas influencias que el hombre puede ejercer sobre sus semejantes. Tiene diferentes grados según nuestro amor, nuestro respeto o nuestra admiración para las personas que nos alaban; según también nuestra relación con ellos, y por fin, según el número de los que se reúnen para concedernos este tributo. La alabanza es una justicia hecha al verdadero mérito, y debe ser dada fuera de toda otra consideración; pero recompensando, lo mismo que castigando, no podemos menos de mirar más allá del presente, poniendo ante los ojos de los discípulos nuevos méritos que conquistar. La fama que acompaña al talento les excita al trabajo, y suministra al maestro un instrumento poderoso. La lisonja, o el elogio, no es eficaz y sin peligro más que cuando es bastante bien proporcionada al mérito para obtener la aprobación de aquellos a quienes concierne. Como se extiende su influencia más allá del momento en que es dada y que establece derechos para el porvenir, el abuso irreflexivo de las lisonjas va en contra de su propio objeto. La lisonja puede presentarse bajo la forma de una expresión amigable, y nada mas; en este sentido, es una prueba de cariño que no tiene valor más que bajo este título. Una sonrisa de satisfacción es una influencia moral. La disciplina propiamente dicha, obra por el sufrimiento; no considera los placeres más que bajo el punto de vista de sus contrarios. El valor positivo de los placeres no tiene importancia más que porque sirve de punto de partida para juzgar de la eficacia de las privaciones. Los sufrimientos opuestos a los placeres de la estima del YO y a los de la alabanza, son dos de las armas más poderosas que contiene el arsenal disciplinario. Son los dos grandes medios empleados por los que no quieren castigos corporales. Todo el sistema de disciplina expuesto por Bentham no es más que una combinación de los móviles de la lisonja y la vituperación, móviles que se esfuerza en presentarnos como bastando para todo. La estima del YO tiene por contrario la humildad, sentimiento sobre el que la influencia del prójimo tiene muy poca presa. No es fácil, en efecto, atraer a los demás a no tener más que una opinión mediana de sí mismos; con la generalidad de los seres humanos, es cosa casi imposible; para conseguirlo, es preciso recurrir a lo contrario de la alabanza, es decir a la vituperación. Aquí no hay equivocación posible, podemos hacer sentir siempre nuestro poder bajo esta forma, cualquiera que sea después el resultado para producir la humildad. Apreciamos tanto la buena opinión de los demás, que el golpe nos hiere instantáneamente; la disminución o la pérdida de la estima basta para hundirnos en las profundidades del desprecio y causarnos un sufrimiento indecible. Hasta los esfuerzos que hacemos para justificarnos no sirven más que para demostrar el sentimiento que nos causa la censura que nos hiere. Cierto es que la vituperación, hábilmente manejada, constituye el medio más eficaz de influencia moral.